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Parece
que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos
de un extremo al otro. Así, somos los últimos hijos
regañados por los padres y los primeros padres a quienes
los hijos nos regañan; los últimos que le tuvimos
miedo a los padres y los primeros que les tememos a los hijos; los
últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros
que vivimos bajo el yugo de los hijos. Y lo que es peor, los últimos
que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que
nuestros hijos nos irrespeten.
En
la medida que el permisivismo reemplazó al autoritarismo,
los términos de las relaciones familiares han cambiado en
forma radical, para bien y para mal. En efecto, antes se consideraba
buenos padres a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían
sus órdenes y los trataban con el debido respeto; y buenos
hijos a los niños que eran formales y veneraban a sus padres.
Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre
adultos y niños se han ido desvaneciendo, hoy los buenos
padres son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco
los respeten. Y son los hijos quienes ahora esperan respeto de sus
padres, entendiendo por tal que les respeten sus ideas, sus gustos,
sus apetencias y su forma de actuar y de vivir. Y que además
les patrocinen lo que necesitan para tal fin. Como quien dice los
roles se invirtieron, y ahora son los papás quienes tienen
que complacer a sus hijos para ganárselos, y no a la inversa,
como en el pasado. Esto explica el esfuerzo que hacen hoy tantos
papás y mamás por ser los mejores amigos y parecerles
piolas" a sus hijos.
Se
ha dicho que los extremos se tocan. Y si el autoritarismo del pasado
llenó a los hijos de temor hacia sus padres, la debilidad
del presente los llena de miedo y menosprecio al vernos tan débiles
y perdidos como ellos. Los hijos necesitan percibir que durante
la niñez estamos a la cabeza de sus vidas como líderes
capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener y de guiarlos
mientras no saben para dónde van.
Si
bien el autoritarismo aplasta, el permisivismo ahoga. Sólo
una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestra
idoneidad para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque
vamos adelante liderándolos y no atrás cargándolos,
rendidos a su voluntad. Es así como evitaremos que las nuevas
generaciones se ahoguen en el descontrol y hastío en el que
se está hundiendo una sociedad que parece ir a la deriva,
sin parámetros ni destino.ø
Acerca
de Ángela Marulanda
Ángela Marulanda, colombiana, es madre, escritora, educadora
familiar, conferencista y consultora en temas relacionados con la
formación de los hijos. Es autora de talleres y conferencias
para padres y maestros sobre el fortalecimiento social y emocional
de los niños y de la familia, y ha publicado dos libros "Creciendo
con Nuestros Hijos" y "Sigamos Creciendo con Nuestros
Hijos", ambos en la lista de los más vendidos en varios
países en Latinoamérica.
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