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Anteriormente
dábamos cuenta de la importancia de los límites en
los niños, su razón de ser y qué les aportaban
en su proyecto educativo. Entre otras cosas, decíamos que
los límites les permitían a los chicos adquirir pautas
y normas de funcionamiento que iban a permitirles desenvolverse
eficazmente en su vida adulta. Además decíamos que
estos eran un instrumento de formación vital donde se les
enseñaba qué era posible y qué no, en determinados
contextos. Nadie puede hacer lo que se le viene en gana en cualquier
momento, porque toda sociedad tiene establecido lo que esta permitido
y lo que no; y que a partir de respetarlo es posible vivir integrado
en ella. Por otro lado, también decíamos que hoy día
impera un discurso donde retar o castigar a los niños -utilizando
criterios racionales- les genera dolor, displacer, baja autoestima.
Pero en realidad estos "No", además de enseñarles
pautas de conducta, también les enseña a tolerar pequeñas
frustraciones y soportar situaciones dolorosas, preparándolos
para que en su vida futura puedan sobrellevar este tipo de situaciones
-de las que nadie esta exento- del modo más adecuado y evitando
así posibles desbordes emocionales en el futuro, que no podrían
manejar dada su magnitud.
Ahora
bien, aunque en términos generales todos estamos de acuerdo
con lo antes dicho, sigue siendo muy difícil en muchos casos
establecer límites claros y precisos en los chicos de un
modo equilibrado. La idea aquí es mostrar por qué
esto ocurre a diario en numerosas familias. Para entender esto debemos
mirar las condiciones en que se vive actualmente. Por enumerar algunas,
encontramos discursos que apuntan al placer continuo; otros, a una
vida demasiado acelerada donde todo debe ser ya, aquí y ahora;
como también aquellos discursos que tienden a mostrar que
las reglas son para los tontos; entre otros.
Este particular momento socio-histórico en que nos toca educar
tiende a vulnerabilizarnos constantemente. En primer lugar debemos
entender que vulnerable no es solo aquel que no tiene dinero para
comer. Vulnerable es todo aquel que por una u otra razón
se ve disminuido en el uso de alguna de sus facultades. En este
sentido creo que de un modo u otro la cantidad de horas que los/el
padre/s debe/n trabajar para conseguir un bienestar económico
para la familia lo/s vulnerabiliza en otros sentidos. Por mencionar
el más habitual, muchos padres sienten culpa respecto de
sus hijos por el tiempo que no les pueden dedicar, en este sentido
se les hace muy difícil poner límites, y si los establecen
muchas veces no serán claros y precisos, pues ante la culpa
tienden a pensar "pobrecito, no estoy en todo el día
y me la paso retándolo".
Asimismo también es común encontrar padres que están
muy absorbidos por problemas laborales o con preocupaciones de otra
índole con las que se ven desbordados, generando de este
modo situaciones de poca tolerancia y mal humor frente a las demandas
de sus hijos. Aunque sea obvio, vale decir que los hijos son ajenos
a estas situaciones y lo deben ser. Retos desmedidos no hacen más
que confundir a los niños respecto de las normas a seguir.
Por ejemplo, si ayer lo dejé jugar después de cenar
y hoy no lo dejo -sin que medie una razón para ello- estamos
siendo contradictorios respecto de lo permitido y lo no. Esta forma
de poner límites -y en tantos otros casos- tienden a estar
circunscriptos al humor de los padres sin razones claras, confundiendo
así a los chicos. También en estos casos suelen generarse
situaciones donde el reto tiende a ser desmedido respecto del accionar
de los chicos, por ejemplo penitencias extremadamente severas por
situaciones cotidianas, donde un simple reto bastaría.
Otra
cuestión que se puede observar habitualmente son altos niveles
de ansiedad en los chicos. Estos niveles de ansiedad en muchos casos
son el reflejo de los niveles de ansiedad que se observan en los
padres y en toda la sociedad en general. Estos niveles de ansiedad
tienen que ver con un modo de conducirse -propio de los centros
urbanos- donde parece que la vida -y todo en ella- se debe resolver
en un minuto, todo debe ser ya. En muchos casos este ritmo de vida
repercute en los chicos llevándolos a estos niveles de ansiedad
donde la velocidad y celeridad en la que se desenvuelve todo genera
pautas de conducta inapropiadas y difíciles de manejar porque
tanto los padres como los chicos quedan subsumidos a ellas, impidiéndoles
generar tiempos de espera y por consiguiente de reflexión
para evitar así conductas impulsivas, que son las que en
la mayoría de los casos llevan a los chicos a cometer inconductas.
También no es raro encontrar a muchos padres que se contradicen
y desautorizan mutuamente, uno retándolo por algo y el otro
permitiéndoselo. Esta situación puede darse siempre
del mismo modo o una vez ser uno y otra vez ser el otro. Los acuerdos
parentales respecto de la crianza son vitales para que los chicos
siempre reciban el mismo discurso, pues ambos son referentes para
ellos en el proceso de crianza.
Otra cuestión que aparece con frecuencia en el consultorio
respecto de la dificultad que muchos padres encuentran para establecer
límites, es que ambos padres se ven obligados a salir a trabajar
y los chicos son criados por abuelas o personal doméstico.
Si bien ambos casos no son comparables, sí presentan una
característica en común, no son los padres quienes
están la mayor cantidad de tiempo con sus hijos. En este
caso es importante que quienes estén a cargo de los chicos
mientras los padres no están sepan cómo quieren éstos
que se los cuide, y específicamente cómo quieren que
se rete a los chicos y ante qué cosas. Es por ello que es
muy importante que tanto padres, chicos y quienes los cuidan tengan
claro qué rol ocupa cada uno. Es decir, los chicos pueden
quedar al cuidado de estas personas, pero no se les debe asignar
el rol de crianza.
Por último, encontramos aquellas situaciones en las cuales
los padres, tal como se pregona en los discursos de la actualidad,
no pretenden ser molestados, pues en ese momento sus intereses están
puestos en otra actividad. Un ejemplo de ello es un artículo
publicado en la revista del diario La Nación donde se plantea
qué hacer con los hijos durante el mundial para que no molesten
durante los 48 partidos que se jugarán. Esta postura, obviamente,
se basa en una pauta cultural donde se tiende a resolver fácilmente
situaciones complejas pensando únicamente en el momento sin
perspectiva de proyecto de crianza. Estas soluciones "patean"
problemas, siendo extremadamente permisivos, que luego serán
abordados ante el malestar de los padres cuando la situación
los desborde.
Todas
estas situaciones muestran aquellas vulnerabilidades propias de
los padres al momento de educar, pues no somos ajenos a los tiempos
que se viven. En consecuencia, para poder establecer límites
claros y precisos, debemos poder realizar dos cosas que, aunque
obvias, no siempre se dan: Tener un proyecto de educación
para nuestros hijos; y comportarnos racionalmente.
Comencemos por la última de estas dos cuestiones, comportarnos
racionalmente. Vale recordar en primer lugar que lo que nos diferencia
de los animales es nuestra capacidad pensante. Todos sabemos que
si un tigre tiene hambre sale a cazar hasta saciar su hambre, es
decir actúa por impulso. En las situaciones descriptas anteriormente
se puede observar que el modo de accionar de los chicos y sus padres
es por impulso. La diferencia entre las conductas impulsivas de
aquellas racionales básicamente esta en la posibilidad de
medir y calcular la consecuencia. Cuando uno medita y decide con
conciencia de su accionar puede saber qué pretende. El pretender
implica -o debería implicar- coherencia y esto es lo que
más necesitan los chicos hoy en día. El bombardeo
de estímulos que reciben diariamente y la diversidad de discursos
a los que se ven sometidos en los distintos ámbitos donde
circulan no hace más que confundirlos, perjudicando de este
modo la internalización de pautas y rutinas de comportamiento
adecuadas a su edad. De este modo al ser racionales le damos sentido
a nuestras conductas y se la estamos dando a ellos al mismo tiempo.
Por
otro lado, educar a un hijo es muy complejo pero sencillo a la vez,
tiene que ver con imaginarnos cómo queremos que sea nuestro
hijo cuando tenga 20 o 30 años. Seguramente este tendrá
su propia singularidad, inalterable, pero la impronta familiar dejará
su marca combinándose con ésta. Al uno tener una idea
clara de lo que pretende de su hijo y siendo racional en las decisiones
que uno tome -por más mínimas que sean- estará
dando cuenta de un proyecto que dará sus frutos a largo plazo.
En este proyecto sin duda, uno volcará ilusiones y esperanzas
e intentará que todo lo que reciba su hijo apunte en este
sentido.
Considerando
que se educa desde el ejemplo, pues uno no puede pretender que su
hijo haga lo que uno no hace, es importante estar advertido de las
propias vulnerabilidades.
Al ser uno el guía del proceso de crianza debe también
mirarse a sí mismo con el objetivo de tener conciencia de
la imagen que uno les está dando, como también de
las propias limitaciones. De este modo uno también está
saciando necesidades afectivas, porque decir no es un modo de estar
presentes; de estar atentos y esto es lo que el chico necesita.
Lo que uno siempre debe tener presente es que somos responsables
de su formación, su crianza y la transmisión de valores.
En definitiva somos responsables de ellos.ø
Acerca
del Lic. Enrique Ojám
Psicólogo de Niños y adolescentes I MN: 26948.
Diploma de Honor de la Facultad de Psicología, UBA.
Investigador formado de la Universidad de Buenos Aires en la problemática
de jóvenes.
Profesor Concursado de la Facultad de Psicología, UBA.
Profesor del área de Psicología de la Universidad
Nacional de Quilmes.
Autor de Capítulos de libros, Revistas Universitarias y científicas
de la especialidad y revistas de divulgación.
Coordinador de talleres sobre violencia escolar y cohesión
grupal en diferentes colegios.
Notas
relacionadas:
» La naturalización de la violencia:
'El problema de la falta de límites'
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