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El
primer hijo es quien asume toda la inexperiencia y ansiedad de los
padres, y en quien se forjan mayores expectativas. El hecho de ser
el que primero camina, habla, lee, etc., hace que esté siempre
a la cabeza, por lo que es fácil que concluya que su valor
personal depende de su capacidad de mantenerse en el primer lugar.
Y por eso mismo, sus fracasos también son mucho más
dolorosos.
El
mayor es también blanco de sentimientos ambivalentes de parte
de sus hermanos, quienes lo admiran y quieren ser cómo él,
mientras que envidian sus privilegios y resienten la preponderancia
que tiene en la familia.
Todo
esto alimenta en el primogénito una inmensa necesidad de
sobresalir en todo. Lo grave es que su supremacía sólo
está garantizada, en el mejor de los casos, durante su infancia.
Si por cualquier razón o dificultad del primogénito,
su hermano menor lo sobrepasa, la imagen de superioridad sobre la
cual se forja su identidad se derrumba y con ella su razón
de ser. Así, el mayor no sólo tiene que lidiar con
la frustración de pasar a un segundo lugar, sino con el dolor
de verse superado por quien siempre fue inferior a él y la
vergüenza de no estar a la altura de las expectativas de sus
padres.
Esta
situación tiene un efecto devastador en la imagen y estima
que el primogénito tiene de sí mismo. Su propia decepción
sumada a los reproches y evidente desilusión de sus padres,
suelen sumir al hijo en un estado de tristeza y amargura, a menudo
se convierte en un hijo malhumorado, grosero, desafiante o agresivo,
y pasa a ser el gran problema de la familia. Como los padres no
entienden las verdaderas causas de lo que le ocurre al primogénito
desplazado, lo culpan de perezoso, desaplicado o irresponsable,
mientras que señalan las cualidades y triunfos del hermano
que lo superó.
Es
muy fácil querer a un hijo cuando triunfa, pero el amor de
los padres se pone a prueba precisamente cuando fallan. Un hijo
mayor relegado a un segundo lugar no se recupera a base de críticas
y sermones. No es posible llenar su corazón de recriminaciones
y esperar que surjan de éste el valor y entusiasmo que necesita.
Alentarlo significa mostrarle lo mejor, no lo peor de él.
Restituir
la confianza del hijo en sí mismo es una labor difícil,
que nos exige luchar a su lado, valorarlo y demostrarle que lo amamos
y confiamos en él, cualesquiera que sean sus debilidades
o fortalezas. Nuestra función como padres es sostenerlos
en las buenas y en las malas, en el dolor y en la alegría,
cuando prosperan y cuando fallan. Sólo en la medida que los
hijos perciban que los amamos a pesar de sus fallas y que nuestro
amor por ellos no es un premio por lo que hagan o logren, podrán
recuperar la fe en sí mismos e ir cultivando su propio ser.
Y es así como lograremos que sobresalga todo lo bueno y lo
bello que también tienen para mostrarnos.ø
Acerca
de Ángela Marulanda
Ángela Marulanda, colombiana, es madre, escritora, educadora
familiar, conferencista y consultora en temas relacionados con la
formación de los hijos. Es autora de talleres y conferencias
para padres y maestros sobre el fortalecimiento social y emocional
de los niños y de la familia, y ha publicado dos libros "Creciendo
con Nuestros Hijos" y "Sigamos Creciendo con Nuestros
Hijos", ambos en la lista de los más vendidos en varios
países en Latinoamérica.
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