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Con
tal propósito, la vida de los niños está cada
vez más llena de actividades entretenidas para mantenerlos
contentos. Ya no es suficiente mandarlos a un campo de verano o
al club a que hagan deportes durante las vacaciones. Ahora, hay
que tenerles otros planes para las pocas horas que les quedan libres.
Tampoco basta un viaje de veraneo, hay que programar nuevos paseos
para cuando regresen. Y a lo largo del año hay que permitirles
que vivan de plan en plan y complacerlos en cuanto capricho tengan
para seguirlos viendo sonrientes, todo lo cual implica que los padres
corran y gasten sin misericordia.
El
resultado de este esfuerzo es todo lo contrario a lo que nos proponemos:
niños inconformes, insaciables, que no saben entretenerse
porque no lo han hecho, que no ambicionan nada pero lo exigen todo.
Y padres exhaustos, estresados y que viven la crianza como una agotadora
maratón. Lo contradictorio es que todo esto lo hacemos para
garantizar su felicidad y por ende la nuestra. Pero me pregunto
¿de qué felicidad estamos hablando si tanto agite
nos tiene exhaustos y agobiados, y a los niños incapacitados
para gozar lo mucho que tienen?
Este
estilo de vida ha dado lugar a la llamada enfermedad de la "afluenza",
una especie de gripe existencial producto de la abundancia material
y la pobreza espiritual con que terminamos el siglo pasado. Y pasa
con ésta lo que pasa con la gripe: nada importa mucho porque
la única meta es sentirse lo mejorcito posible. Dentro de
la filosofía de vivir para gozar como medida de felicidad,
hartamos a los niños hasta el hastío y acabamos con
su motivación, su entusiasmo y su capacidad de asombro, sentimientos
indispensables para ser felices.
Tenemos
que dejar de ser directores de recreación de los hijos. Lo
que les está dejando esta vida es un estado de indiferencia
por saturación, en el que no hay desafíos, ni ideales
heroicos, ni grandes metas, porque lo único que cuenta es
pasarla bien. Es decir, no hay una buena razón para vivir,
lo que significa que el precio de una "felicidad" tan
trivial es una vida sin sentido. No sin razón se ha dicho
que "la tragedia de los pobres es que no tienen con qué
vivir y la de los ricos es que no tienen para qué vivir".ø
Acerca
de Ángela Marulanda
Ángela Marulanda, colombiana, es madre, escritora, educadora
familiar, conferencista y consultora en temas relacionados con la
formación de los hijos. Es autora de talleres y conferencias
para padres y maestros sobre el fortalecimiento social y emocional
de los niños y de la familia, y ha publicado dos libros "Creciendo
con Nuestros Hijos" y "Sigamos Creciendo con Nuestros
Hijos", ambos en la lista de los más vendidos en varios
países en Latinoamérica.
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