|
Invitado en
el 2006 por el Consejo Superior de Educación Católica
(Consudec), donde expuso sobre "La función de los niños
en estos tiempos de crisis", trajo una vez más al país
sus renovadas ideas, que intentan vincular más directamente
lo que pasa en la escuela con la vida cotidiana.
Sostiene, así,
que "si los niños participan activamente en la gestión
y en la toma de decisiones escolares, como la estipulación
de las reglas que se aplicarán en los recreos, el niño
no se sentirá esclavo, sino un ciudadano libre y soberano,
uno de los objetivos que debe perseguir una escuela democrática".
"La escuela
no puede destruir lo que el chico sabe", dijo Tonucci, sobre
los modos de aprendizaje más aconsejables en el aula, entre
los que el pedagogo italiano incluye el divertimento. "Leer
libros en voz alta a los niños es uno de los tiempos mejor
utilizados en la escuela", sostiene este educador y dibujante,
de 66 años, licenciado en Pedagogía en Milán
y cuyos libros Con ojos de niño , La ciudad de los niños
y Cuando los niños dicen ¡Basta! son de lectura obligada
entre quienes conservan la pasión por enseñar.
¿Por
qué los chicos tienen que participar de la toma de decisiones
en la escuela?
La
falta de respeto que los adultos les atribuyen a los chicos en la
escuela son síntomas que describen un malestar. Sus inconductas
significan que viven una experiencia que no reconocen como propia;
no se identifican con ella o lo hacen de mala gana porque los obligamos
a hacerlo. Para favorecer su identificación con la escuela,
los niños deberían ser escuchados y participar de
la gestión y decisiones escolares. La escuela debe ser un
espacio de autonomía. Y los maestros deberían aprovechar
los momentos de libertad y juego de los chicos para observarlos,
ver los aspectos de su carácter y las actitudes que normalmente
en clase no se revelan. Sugiero siempre que los maestros tengan
un cuadernillo en el bolsillo y marquen las palabras que los niños
dicen, las cosas que hacen, no para usarlas contra ellos, sino para
conocerlos más.
¿Cuál
es la ventaja de un modelo escolar más democrático?
Es
que la escuela no tiene sentido si no es una escuela de democracia.
Necesitamos que forme ciudadanos, no de mañana, sino de hoy.
El niño no debe sentirse un esclavo, sino un ciudadano libre
y soberano. Y esto lo conseguimos con varias estrategias, que no
eximen al trabajo duro. Cuanto más ha jugado un niño,
más rápido y efectivo será su desarrollo.
¿Cómo
se puede volver a darle trascendencia a la escuela?
La
propuesta escolar debe empezar siempre con lo que los niños
ya conocen, así serán protagonistas de su formación
y crecerán sobre su propio patrimonio cultural. Los chicos
tienen que llegar a la escuela con los bolsillos llenos, no vacíos,
y sacar sus conocimientos para trabajarlos en el aula. Esto no se
aborda sólo con un libro de texto o con un programa que escribió
no sé quien, para nadie.
¿Cómo
se hace?
El
trabajo empieza dando la palabra a los niños. Primero se
mueve el niño; recién después el maestro. El
maestro tiene que conocer lo que saben los niños antes de
actuar, porque si se procede antes, seguro hace daño.
¿Cómo
concilia la noción de esfuerzo con la de divertimento, que
para usted es esencial en el proceso de aprendizaje?
Si
observamos a los niños, vemos que son capaces de quedarse
horas jugando; se olvidan de comer y de hacer pipí. Afrontan
esfuerzos impresionantes. ¿Cómo se puede trasladar
esto a la escuela? Si fueran escuchados, los niños podrían
llevar a la escuela su propio pensamiento. Lo normal es que un niño
que tiene una inteligencia práctica, hábil con las
manos y que puede desarmar un motor, para la escuela no vale nada.
Vale sólo si sabe elaborar lógicamente datos. Esa
clasificación no tiene sentido. Esa actitud selectiva, de
que hay pocos lenguajes importantes y de que los demás no
valen nada, conducen al niño al fracaso. Por otro lado, el
divertimento aparece con la motivación del maestro.
¿Cómo
se llega a lo que es indispensable que el chico asimile?
La
escuela utiliza la desconfianza y eso produce una evaluación
negativa basada en lo que el chico no sabe hacer. Apoyándose
sobre lo que sí sabe hacer bien, la escuela debería
motivarlo a recuperar y a ganar lo que no tiene, como una conquista.
No necesitamos nuevas leyes o programas más desarrollados,
sino maestros mejores.
¿Cuáles
son las cualidades que hacen a un buen maestro?
Escuchar
a los alumnos; ser capaces de buscar e individualizar la excelencia
dentro del bagaje cultural del niño, motivarlo y promover
un trabajo grupal, y no la competencia. Hay que crear capacidades
de trabajo en grupo, con el convencimiento de que sumando las capacidades
de todos conseguimos el resultado que individualmente no se podría
lograr. Además, debe saber incluir a todos los niños
con sus capacidades y competencias y, a la vez, a sus familias.
La escuela debe ser capaz de leer la realidad concreta que rodea
al niño. La geografía es la de su barrio; la historia,
la de su familia. Un buen maestro es alguien a quien le gusta leer.
Pero, fundamentalmente, alguien que desarrolló en su vida
lo que quiere promover en los niños.
¿Se
opone al viejo esquema del poseedor del saber frente al que debe
asimilarlo?
Por
supuesto: el maestro no es el que posee el saber. La escuela transmisiva
supone que el niño no sabe y va a la escuela a aprender,
mientras el maestro enseña a quien no sabe. Esa es una idea
infantil, que piensa al niño como un vaso vacío, mientras
el maestro vierte conocimientos que llenan al niño gradualmente.
Y como todos los niños comparten esa condición inicial
de vasos vacíos, son iguales. Ese es el concepto básico
de una escuela equivocada: la igualdad. El niño sabe y es
competente y va a la escuela para desarrollar su saber; no para
aprender. El maestro no es el que sabe más, sino el que sabe
motivar y aplicar una metodología. Esa es la escuela rica
que necesitamos.
¿Por
qué enfatiza tanto la lectura en el aula?
Porque
es uno de los tiempos mejor utilizados. Pondría como obligatorio
un cuarto de hora de lectura en voz alta todos los días.
Bien leídos, con entusiasmo, impostación de voz y
demás, los chicos perciben las imágenes que las palabras
suscitan. La mayoría carece de libros. Para un niño
que nunca ha visto leer a un adulto, es difícil transmitirle
el placer de la lectura. Leerle en el aula, entonces, es ofrecerle
un gran espectáculo emotivo.ø
|