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Cuando
hace años la psicóloga argentina Ana Sutton desembarcó
en Arizona, Estados Unidos, no le interesaban para nada los chicos.
Quería estudiar los textos de tres poetisas que se habían
suicidado para conocer si se podría predecir el suicidio.
Sin embargo, la curiosidad por el mundo infantil pudo más
que sus deseos.
Hoy,
Sutton es referente internacional del uso de la terapia de juego,
un enfoque que, como no se cansa en insistir, "no trata enfermedades",
sino que mejora capacidades.
"El
juego es para un chico lo que hablar es para un adulto", sentencia
la fundadora y directora de Nana s Children, una fundación
para el cuidado de la salud mental de niños carenciados,
que desde 1999 trabaja para promover la incorporación de
la terapia de juego en las escuelas públicas.
Además
de los Estados Unidos, el programa desarrollador por la fundación
se aplica en colegios de Alemania, Gran Bretaña, Tailandia
y Japón. "El único lugar donde aún no
se usa es en América latina, que se quedó con el psicoanálisis
a largo plazo, lo que le sirve a una persona con medios para pagarlo,
pero no a todos."
El
punto de partida de la terapia es que el juego es el idioma de los
chicos; cada juguete es una palabra. "Ellos no tienen la capacidad
verbal de expresar todo lo que sienten y, si la tuvieran, tampoco
sabrían el nombre correcto de cada emoción -dijo Sutton-.
Hay que saber que todo lo que no pueden hablar, lo van a jugar."
Ana
Sutton estuvo en nuestro país el último mes de marzo
dictando un taller en la Manzana de las Luces, en el barrio de Monserrat,
organizado por la Fundación Procesos para Estudio e Investigación
del Aprendizaje, sobre la efectividad de la terapia de juego en
una de las escuelas Thomas J. Pappas, un programa piloto para brindar
educación, salud, alimentación y transporte a los
niños de familias pobres en Arizona. Sutton dirige el equipo
de profesionales que trabaja en la escuela ubicada en la ciudad
de Phoenix, a la que diariamente concurren a clases 600 chicos.
Allí,
estudiantes de doctorado de psicología realizan sus prácticas
para graduarse. Mientras, el equipo de supervisores observa cómo
progresan los alumnos desde detrás de ventanas espejadas
para no alterar la espontaneidad en el aula.
"El
objetivo no es tratar patologías, sino estabilizar a los
chicos física y emocionalmente para que avancen con los mismos
recursos que sus pares con más recursos -explicó Sutton-.
Incluso, quizá sea mejor escuela que cualquier otra de todo
el estado." Los alumnos asisten a terapia de juego, como una
materia más, por indicación de las maestras de grado.
Sin
embargo, el aula luce distinta: las paredes están cubiertas
de estanterías de colores repletas de juguetes para todas
las edades. En un costado, un arenero está a la espera de
que un grupo lleve muñecos o simplemente intente darle alguna
forma a toda la arena. Más allá, los chicos tienen
atriles con hojas para pintar o mesas sobre las que escribir y dibujar.
"Los
terapeutas están ahí, en el aula, como testigos, para
alentar a los chicos, que son los que eligen a qué jugar,
cómo hacerlo y con quién. Crean una situación
de igualdad absoluta, ya que se ponen a una altura por debajo de
la de cada chico y hacen contacto visual permanente."
Esto,
según Sutton, permite que los chicos se den cuenta de que
hay un mundo mejor, en el que no todos los adultos pegan, abusan,
están sucios o no hay qué comer. "Permite abrirles
una puerta a un mundo en el que pueden aspirar a vivir mejor y a
alcanzar objetivos", agregó.
Durante
la sesión, que dura 30 minutos o una hora, surge todo tipo
de situaciones. Por ejemplo, que un chico elija un cocodrilo del
estante para jugar y en lugar de referirse al animal por su nombre,
se acerque al terapeuta y le diga "este es mi papá".
O que una nena quiera jugar a las princesas, y elija muñecos
que no lo sean.
Evidencias
La
propuesta de Nana s Children no trata patologías, sino que
ayuda a estabilizar emocionalmente a los chicos para que puedan
aprender en la escuela. Para ponerlo en práctica, la fundación
debió demostrar a través de estudios científicos
que la terapia de juego mejoraba el rendimiento de los alumnos.
"Lo
primero que hicimos fueron estudios para medir los niveles de depresión
y ansiedad en los chicos pobres con y sin hogar", recordó
Sutton. Esto demostró que los chicos sin techo sufren dos
veces más depresión y ansiedad que los chicos que
tienen una casa, independientemente de su nivel de pobreza. "Pero
también vimos que la depresión en chicos es distinta
a la de los adultos. Se manifiesta a través de la agresión,
por lo que un chico muy agresivo está deprimido", explicó
la psicóloga.
Luego,
el equipo inició una revisión de estudios publicados
sobre la efectividad de la terapia de juego en la mejora de la capacidad
de aprendizaje. "Pero nos encontramos con que no existía
un solo estudio relacionado con esa capacidad -dijo-. Todos hablaban
de patologías, como los trastornos de ansiedad o la obsesión
compulsiva."
Así
surgió un estudio en el que el equipo comparó la evolución
de chicos que recibieron o no terapia de juego. Los resultados fueron
contundentes: todos mejoraron el lenguaje y podían contar
una historia coherente en 5 minutos. La diferencia fue que los chicos
sin hogar necesitaron más sesiones que el grupo en la misma
condición social pero que tenía un techo bajo el que
vivir. "Los chicos de familias pobres mejoran su nivel de aprendizaje
en 10 sesiones, pero los chicos que viven en la calle necesitan
por lo menos 14 sesiones para mejorarlo."
¿Por
qué? La explicación, según la especialista,
está en el llamado efecto Hawthorne: las personas que se
sienten observadas y centro de la atención mejoran su rendimiento.
"Todos queremos que nos presten atención. Lo opuesto
al amor no es el odio, sino la indiferencia", finalizó.ø
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